domingo, 21 de septiembre de 2008

La formula del éxito

Cansados estamos los argentinos de modelos y proyectos económicos ajenos a nuestra propia realidad. Vivimos marcadas épocas liberales, desde la Generación del ’80, empezando por Mitre, hasta llegar a Hipólito Irigoyen con el cual tuvimos un gran despegue económico, hasta el punto de conocerse nuestro país como el granero del mundo. Con la llegada de los gobiernos de ipso, se siguió el modelo liberal y el capitalismo económico, desgastando así la economía nacional.
A fines de la década del ’40, llegamos al primer gobierno de Perón, cambiando abruptamente de política económica y social, pasando del Estado liberal a uno intervencionista como producto de la copia del modelo de Keyness en EE UU a partir de la crisis del ’30.
Por el exceso de esta doctrina, favoreciente a las clases trabajadoras, llega nuestro país a un nuevo desgaste económico que encrespó a aquella sociedad, produciendo un nuevo golpe de Estado.
Tras una sucesión de gobiernos de facto y democráticos, llegamos al 1973 en donde el General Juan Domingo Perón triunfa en democráticas elecciones. Este nuevo presidente continuó con la política intervencionista pero innovando en integración mundial y haciendo hincapié en el apoyo al sector agrario. Por complicaciones en su salud, Perón fallece. Queda en el gobierno su señora esposa Isabel Martínez y acompañada en su cargo, el nefasto López Rega, dando así el puntapié a la caída más abrupta de la historia del peronismo y sirviendo el poder a la última y más sangrienta dictadura.
En el período del ’76 al ’83 se comienza a implantar, a rasgos generales, la política económica neoliberal, imperante en norte América y Europa. Al intentar una fallida recuperación de nuestras Islas Malvinas, la junta militar cae y vuelve la democracia.
El presidente electo, Raíl Alfonsín, tomo una especie de modelo intermedio, alternando políticas intervencionistas y liberales, pero inclinándose al viejo modelo smitsoniano.
El producto de los años de gobierno del radical fue una inflación de cerca del 200%, una desocupación y saqueos masivos y la anticipada entrega de la banda presidencial al Dr. Carlos Saúl Menem, presidente electo en ese entonces.
Con este mandatario se abre un ciclo económico nuevo y prometedor, el Neoliberal, el cual tenía como principal idea la privatización de empresas públicas y un nuevo desligamiento del Estado con respecto a la política de servicios públicos, sin olvidar la equiparación del peso-dólar (más recordado 1 a 1).
Sus primeros años de implementación fueron positivos, bajando el desempleo y la inflación. Pero la clase política volvió a su error casi innato, estirar y desgastar los planes económicos, manteniendo la convertibilidad los 10 años del gobierno de Menem y luego se siguió con esto en los 2 años de gobierno del Presidente De la Rúa. Este último ganó las elecciones pregonando políticas de honestidad y limpieza, cuestiones q se irían desdibujando con el paso del tiempo.
Luego de la gran catástrofe política y económica del 2001 y una seguidilla de presidentes, el presidente Duhalde se inclino por la política de realzar el gasto público para dar fuentes de trabajo. En el 2003 Néstor Kirchner gana las elecciones y acentúa aún más el intervencionismo estatal. Este circuito económico, seguido hoy por el gobierno bicéfalo de Néstor y Cristina, esta mostrando sus grandes flaquezas: la inflación real esa por las nubes, la falta de inversión privada se comienza a sentir, la industria nacional pierde terreno ante los importadores de productos y no se puede dejar de nombrar a los desdibujados índices del INDEC, que hoy en día no tienen credibilidad ni por los organismos internacionales, inversores extranjeros y mucho menos el pueblo argentino. Ya el superávit corre peligro, y la única manera de mantenerlo es aplicando mayores impuesto, idea q no fascina mucho a los empresarios.
Es atinado rescatar los 6 años de crecimiento casi ininterrumpidos de la economía argentina, pero nada dura para siempre, mucho menos un plan económico en esta tan fluctuante economía con la que vivimos en la actualidad.
Haciendo este breve análisis de la variante situación del mercado argentino, creo que es cuestión casi obligada pensar en una formula que nos lleve a un éxito económico que dure mas de seis o siete años. Algunos pueden pensar que lo nuestro no tiene remedio, que es imposible el éxito en el país, ya que pasamos por todos los sistemas y ninguno nos sirvió de manera extensa. Otros tal vez piensen que no tenemos los recursos, ni humanos ni naturales, para ser un país del primer mundo, pero me niego a apoyar esta idea. Yo opino que hay que crear un sistema económico propio, respetando y explotando al máximo nuestros recursos.
Como primer bastión se puede señalar al sector productivo como indispensable. En primer lugar está el campo como piedra angular de cualquier economía. Lo esencial sería lograr una producción que permita autoabastecernos, industrializar la materia prima y exportar de forma masiva los productos para aprovechar la divisa internacional que en la actualidad se encuentra favorable con relación a nuestro valor cambiario.
No solamente basta con el agro para mover toda nuestra economía, también es de suma importancia promover el estudio de carreras técnicas para poder capacitar y hacer más eficaz la producción agrícola. El Estado debería encargarse de proporcionar becas a estudiantes, abriendo facultades y colegios técnicos en el interior del país y subsidiando al pequeño productor para poder mantener no solo los grandes latifundios, sino también la agricultura familiar.
Otro aspecto relevante es incentivar la instalación de capitales privados. El gobierno nacional tiene la concepción de que con movidas cambiarias y pagos de deuda extraordinarios van a atraer inversión. Es obvio que cometen un equívoco.
Las firmas inversoras hacen planes a largo plazo, de dos, tres o diez años, y no por algún pago de deuda repentino las inversiones se van a multiplicar.
El pago de la deuda al club de París sin duda es un acto correcto en torno a la credibilidad de la Argentina, pero ha sido más que nada una maniobra política del gobierno para recomponer la desgastada relación con el pueblo.
Las leyes laborales en el país prácticamente espantan a los empresarios. Deberían ser más flexibles, pero sin descuidar la protección al obrero, dándole seguridad a empleado pero también al empleador.
El modelo aumentaría su productividad si cada uno de los municipios alcanzara, o por lo menos lindara, una producción de recursos autosuficientes, es decir, que pueda satisfacer la necesidad de los vecinos. Esto significaría mas dinero para la inversión en infraestructura por parte de la Nación (cuestión vital es la de abaratar gastos en el transporte publico, sea con trenes o subsidiando a colectivos).
El refuerzo del municipalismo como entidad económica suficiente es de relevante importancia. La pregunta es como lograrlo. Podría ser estableciendo zonas francas exentas de impuestos o la intervención del Estado en la creación de empresas públicas que produzcan insumos y lograr el autoabastecimiento sin depender de compras a empresas privadas. Como ejemplo podemos poner a fábricas de ladrillos, mobiliario escolar, medicamentos genéricos, etc.
Pero aún queda el tema principal a resolver, que es crear una nueva cultura del trabajo. En nuestro país se ha desdibujado el labor, con los planes sociales, que no cumplen otro papel que el de atemperar a las masas mas pobres de la población y las oficinas públicas, que en su gran mayoría están plagadas de una burocracia e ineptitud abrumante y encontramos a mas empleados que escritorios, es difícil conseguir que alguien tenga ánimos para llevar adelante su tarea diaria.
Hay que brindar al pueblo trabajo genuino, digno, real, necesario para que el empleado se sienta útil, ocupado y con ganas de superarse día a día. Tampoco hay q abusarse de los empleadores, pidiendo sueldos imposibles y beneficios extraordinarios. Aparte el trabajador debe mentalizarse que debe brindar un servicio a conciencia, esto es, trabajar con la mayor caución y dedicación posible, poniendo el esmero necesario para que el producto sea hecho mejor y en menor cantidad de tiempo.
No hay que buscar soluciones mágicas, ni pedir que es Estado resuelva todas las cuestiones de nuestra economía, también corresponde al ciudadano entender que no habrá una salida si no se pone esmero a las tareas diarias. Las grandes ideas nacen en los escritorios, pero sin trabajo no sirven de nada.
Esto es un simple comienzo, una aproximación a nuestro deseo de un país prospero y desarrollado. Pero sin trabajo será esto solo una utopía.

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